jueves, 20 de mayo de 2010

Prólogo.

Tras una llamada telefónica, mi mejor amigo, Víctor, me dijo que no debía preocuparme por nada, que todo saldría bien. ¿Cómo no iba a estar preocupado? Acababa de venir del hospital, mi abuelo estaba enfermo, tenía un tumor cerebral. Los médicos lo operaron dos veces, pero salió mal y no consiguieron extraerlo. Esta vez no se podía operar, había demasiadas posibilidades de que él muriera. Estaba destrozado, no podía contener mi dolor a ver a uno de los míos como se alejaba de mí para no volver jamás, no soportaba mirar hacia su camilla y ver todos esos tubos introducidos en su cuerpo como si fuesen una parte más de él. Por eso me despedí de Víctor rápidamente, no quería que me viera tan mal. Lo primero que hice para desaogar mis penas fue ducharme y llorar. No recuerdo haber llorado tanto nunca, salvo cuando al final, mi abuelo murió. No explicaré detalles, no diré lo triste que me pareció ver el cadaver frío e inerte en el tanatorio, simplemente porque recordarlo me produce demasiado dolor. Aunque hallan pasado años, todavía recuerdo los momentos en los que estaba con él. Recuerdo cuando apenas tenía cinco años, salimos juntos al parque y él me empujaba en el columpio mientras cantaba una pegadiza canción infantil para divertirme. Esos momentos en los que todo era maravilloso, en los que eras feliz pasara lo que pasase, en los que pensabas que la vida no tenía problemas y en los que ni siquiera se te ocurría pensar que todo podría cambiar de un día para otro, se acabaron.
Después de la muerte de mi abuelo todo cambió. Pero no de la forma en la que estais pensando, no empecé a ser un depresivo con ganas de morir, no me convertí en el dolor que sentía ni me derrumbe en ningún momento. Sino que pasó todo lo contrario. Me di cuenta de lo que significaba la gente para mí y de que la vida es corta, así que decidí aprobecharla hasta el último minuto de mi vida. Lástima que los demás no pensaran como yo. Mi madre tenía una enfermedad crónica, lupus, justo la que mató a su padre. Así que mi madre no solo perdió a su padre, sino que también perdió a su suegro. De mi padre solo quiero deciros que él si ha cambiado, y no le culpo de ello, ya que perder a un padre tiene que ser muy duro. Dicen que cuando pierdes a tus padres es cuando realmente estás solo, y me lo creo. Como ya he dicho, no le culpo por llorarle cada momento del día, no le culpo por su profunda depresión, ya que el no ha elegido tenerla. Solo le puedo culpar de no intentar interrumpir su llanto, levantarse, y decirse a sí mismo que lo superará de la forma más madura posible. Mi padre es un buen hombre, pero éste tipo de cosas nunca ha sido su fuerte. Enfin, a lo que iba: yo cambié para bien, pero no de la forma en la que yo quería. Siempre te das cuenta de las cosas cuando ya se terminó. Pero aunque lo sepas, no puedes evitarlo...

2 comentarios:

  1. Hola!! Me ha gustado. Tiene muy buena pinta, y tengo ganas de leer más, así que espero pronto la continuación. :)

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, espero no defraudarte cuando siga! ;)

    ResponderEliminar