Después de decir eso rompió a llorar. Estaba claro que se arrepentía de lo que hizo, así que silencié mi curiosidad hasta que se calmara un poco y pudiese seguir hablando. Esperé un cuarto de hora hasta que una última lágrima recorrió su rostro.
- ¿Por qué Teresa?
- Algo por lo que no merece la pena quitar una vida, pero que aún así mucha gente hace.
- Tranquila, no se lo diré a nadie.
- Gracias pequeño... me recuerdas tanto a él... - ¿A él? ¿Te refieres a...
- No, no sabes quién es. Se llama Toño, ahora tendrá trenta y cinco años, pero no le veo desde hace mucho.
- ¿Quién es él? - El hijo de Tom. La razón por la que casi mato a mi marido... y por la que maté a su amante.
Esa respuesta me hizo dejar la mente en blanco, no sabía que pensar. ¿Estaba hablando con una asesina? No, Teresa sería incapaz de hacerle daño a nadie, ni siquiera es capaz de quejarse de algo. No podía ser... pero nadie se inventaría algo así, tenía que ser verdad. Decidí que lo mejor era inventarme una escusa e irme, hoy ya había oído bastante.
Cuando empecé a acelerar mi paso, Teresa me dijo algo:
- Mañana vendrá Toño con su familia. Por favor, menciona a Tom lo menos posible y no hables de esta conversación con nadie, es muy importante para mí...
Desperté queriendo pensar que todo había sido un sueño, pero en realidad sabía que no. También quería contárselo a mis padres, pero pensé que no me creerían. Me levanté y me senté al lado de mi madre para desayunar, mientras mi padre aún dormía.
- ¿Has oído a los que se han instalado ayer al lado de nuestra habitación? Por su culpa casi no hemos dormido ni tu padre ni yo... Espero que se vallan pronto.
Claro que los oí, yo tampoco dormí casi nada. No recuerdo porque mentí, pero aprobeché para contarla cosas sin que descubriese que Tom tuvo un hijo ni sus consecuencias:
- No los oí, pero se quienes son. Ayer estuve hablando con Teresa, son unos primos de Tom que vienen a recoger algunas cosas.
- ¿Tom tenía primos? Enfin, eso ya no importa. Cuando se despierte tu padre iremos los tres a darles el pesame, ¿de acuerdo?
Me pareció buena idea. Si Toño tenía hijos podría hablar porfin con alguien de mi edad, así que asentí. Justo cuando se levantó mi padre, llamaron a la puerta. Cuando miré por la mirilla, me encontré con una niña. Pero entoces la ví y supe quien era...
martes, 29 de junio de 2010
sábado, 26 de junio de 2010
Perdón :S
Antes de empezar a escribir quiero pedir perdón a mis seguidores por tardar tanto, pero esque con los exámenes y todo eso no he tenido tiempo de nada :S
sábado, 29 de mayo de 2010
Capítulo 2.
Seguimos viajando sin rumbo varios días hasta que el agotamiento pudo con nosotros. Nos instalamos en un hotel, pero no pensábamos quedarnos allí mucho tiempo por si acaso. Cualquier precaución es poca, así que solo salíamos de la habitación para ir al comedor, que por cierto, era muy pequeño.Solo tubimos relación con un matrimonio de ancianos, diría que tenían entre setenta y ochenta años. No los conocimos porque quisiéramos, sino porque una vez chocaron con mi madre y la tiraron el bolso al suelo. A partir de ahí los ancianos nos empezaron a saludar cada vez que nos veían, incluso en ocasiones venían a nuestra habitación para tener alguien con quien hablar, ya que su único hijo fue víctima de un atentado terrorista y nosotros éramos sus únicos amigos vivos. Poco sabíamos de su larga vida, y no es porque no se lo preguntásemos. Parecía que hubieran cometido un grave error que intentaran olvidar, pero cada vez que les preguntábamos nos respondían con excusas para irse a su cuarto. El viejo Tom (así se llamaba el anciano) estaba enfermo, y aunque no recuerdo el nombre de la enfermedad, sí sus síntomas: sufría fuertes dolores de cabeza y se mareaba constantemente, a veces hasta se desmayaba unos minutos. La primera y última vez que le vi desmayarse fue una vez que estábamos hablando en el pasillo para ir a comer juntos y de repente me agarró el brazo de la forma más fuerte y brusca que cualquiera que me hubiese agarrado hasta entoces, y, segundos después, cayó. Yo estaba preocupado, era demasiado joven y no sabía que tenía que hacer. Así que empecé a gritar para que alguien me oyese y me ayudara, pero paré cuando ví que una pequeña parte de su brazo era más blanca que su piel normal. Le levanté la manga, la cicatriz era gigante. Le recorría desde el principio de la muñeca hasta más o menos el codo. Entoces reparé en que, si alguien se quiere suicidar, se debe hacer un corte de esa forma. Todo el mundo cree que se han de cortar las venas de la muñeca de izquierda a derecha (o al revés), pero Tom sabía que ese método no era cien por cien efectivo. De nuevo, mi curiosidad despertó y me hizo ponerme a investigar el por qué de esa cicatriz, ¿qué habría hecho el bueno de Tom para querer dejar esta vida?
Esa noche murió Tom, así que tube que comportarme antes de empezar a investigar. Estube un rato con la viuda, Teresa, pero en ningún momento dijimos nada, había un silencio demasiado inquietante. Me acostumbré tanto al silencio que cuado Teresa habló por primera vez no pude reprimir un pequeño chillido acompañado de un salto. Cuando porfin Teresa dejó de reír, me repitió lo que me había dicho antes:- No le echaré de menos.- ¿Qué quieres decir?- No era buena persona... - la cara de Teresa parecía tomar un gesto de sufrimiento, pero estaba seguro de que no era por la muerte de su marido. Por eso no pude evitar seguir preguntándo.- ¿Por eso nunca quereis... quiero decir, nunca quisisteis hablar sobre el pasado? Teresa no respondió, pero dí en el clavo. Intenté buscar preguntas , pero de forma de no herirla o para asegurar que me contestará, para saber todo lo que quería. No se me ocurrió nada, así que fui al grano, sin rodeos:- ¿Por qué se intentó suicidar?No pareció reaccionar bien, maldecía por lo bajo por haber confiado en mí, pero por alguna razón, decidió seguir haciéndolo:- No se intentó suicidar. Yo le intenté matar.
Esa noche murió Tom, así que tube que comportarme antes de empezar a investigar. Estube un rato con la viuda, Teresa, pero en ningún momento dijimos nada, había un silencio demasiado inquietante. Me acostumbré tanto al silencio que cuado Teresa habló por primera vez no pude reprimir un pequeño chillido acompañado de un salto. Cuando porfin Teresa dejó de reír, me repitió lo que me había dicho antes:- No le echaré de menos.- ¿Qué quieres decir?- No era buena persona... - la cara de Teresa parecía tomar un gesto de sufrimiento, pero estaba seguro de que no era por la muerte de su marido. Por eso no pude evitar seguir preguntándo.- ¿Por eso nunca quereis... quiero decir, nunca quisisteis hablar sobre el pasado? Teresa no respondió, pero dí en el clavo. Intenté buscar preguntas , pero de forma de no herirla o para asegurar que me contestará, para saber todo lo que quería. No se me ocurrió nada, así que fui al grano, sin rodeos:- ¿Por qué se intentó suicidar?No pareció reaccionar bien, maldecía por lo bajo por haber confiado en mí, pero por alguna razón, decidió seguir haciéndolo:- No se intentó suicidar. Yo le intenté matar.
jueves, 20 de mayo de 2010
Capítulo 1
Cuando pasó todo esto solo tenía 13 años, y no me volvió a pasar nada importante en mucho tiempo. Y por supuesto, nada bueno para mí. Creo que era junio, o julio... nose, pero era verano. Lo sé porque estaba en la piscina haciéndome aguadillas con mis amigos, corriendo de un lado al otro del patio y riéndo, ignorando la noticia que vino a decirme mi madre. Estaba incrédula, como si eso no hubiera podido estar pasándola a ella. Al ver su cara de preocupación salí rápidamente del agua y fuí corriendo hacia su lado. Antes de llegar pude distinguir en sus azules ojos lágrimas de furia, ¿serían contra mí? ¿Qué habrá podido pasar? Últimamente no hacía nada malo, es más, últimamente era el hijo perfecto. Limpiaba la casa, cocinaba y estudiaba, todo esto sin que ella me hubiera pedido ayuda en ningún momento. Bien, cuando porfin llegué, ella se lanzó instantáneamente hacia mí, me rodeo con sus brazos y empezó a llorar. No era un lloro normal, sino un lloro que la impedía respirar, de los que entiendes sin saber lo que sucede que digas lo que digas no lo frenará, un lloro, como yo lo llamaba entoces, marginado. Y por eso no la pregunté nada, preferí decir a mis amigos que se fueran un momento para poder hablar a solas. Cuando pasaron unos minutos y parecía más calmada me pareció el momento adecuado para preguntar...
Al igual que mi madre, no podía creérmelo. Intenté pensar que sólo era un mal sueño, una pesadilla de las que recordarías hasta el día de tu muerte. Recuerdo haber pensado mil veces que debía despertar, que debía volver al mundo real de una vez porque ese sueño no me gustaba para nada. Aún recuerdo mi brazo sangrando por los pellizcos que me di para despertarme. Pero, por desgracia, todo era real. Tan real como el padre que estaba a punto de perder. Marruecos a decidido invadir España. Y mi padre era militar. No es muy difícil averiguar lo que tendría que hacer. Al día siguiente viajaría hasta Granada, lugar en el que empezó la lucha, para acabar con todos los musulmanes que viera. De repente me puse a pensar que tal vez no esté todo perdido, todavía había posibilidades de que mi padre no fuera al campo de batalla... Una de las cosas de las que más me arrepiento es de haber tenido esa idea, la idea por la que pagaríamos los tres.
Salimos de casa muy pronto, sobre las cinco de la mañana. No pudimos hacerlo antes porque no habíamos preparado nada, todo nos pillaba de imprevisto. Nos metimos en el coche y no paramos hasta que se gastó la gasolina. Aprobechamos esa parada para comer un poco y para que mi padre, que era el que conducía, descansara. Entramos en el restaurante, estaba vacío, salvo por las personas que trabajaban en él. La comida era buena, pero algo me debió sentar mal porque vomité. Mientras esperabamos a que se me pasase, aparecieron un hombre, una mujer y la que suponí que era su hija. Se sentaron cerca de nosotros, justo enfrente de nuestra mesa. Empezamos a sudar de nervios y yo me revolví más de lo que estaba. El padre de la familia era un militar, y no paraba de mirar a mi padre, como si le conociera de algo pero no se acordara de que. En ese momento me percaté de la pequeña de la familia y me sorprendí de que no la hubiese prestado más atención antes. Era preciosa, tenía unos ojos más azules que el color del mar, unos labios tan rojos como la sangre y una piel tan fina y tan blanca... Era de mi edad, o por lo menos lo aparentaba. Me dieron ganas de preguntarla su nombre, acercarme y rodearla con mis brazos para después besarla hasta desgastar nuestros labios. Creo que ella también se fijó en mí, ya que cuando se dio cuenta de que la observaba, no solo no pareció molestarla, sino que me sonrió, lo que hizo quedarme aún más maravillado de lo que estaba. Me olvidé del militar, de la guerra, de huir con mis padres... en resumen: me olvidé de todas mis preocupaciones. Pero entoces algo sucedió...
El teléfono móvil del militar sonó. Después de dejarlo sonar unos segundos, lo cojió y se alejó lo suficiente para que no oyeramos su conversación. Antes era un chico muy curioso, así que no pude resistirme a levantarme y fingir que iba al baño para averiguar que estaba pasando. Antes de abrir la puerta oí unas palabras que me inmovilizaron: "maten a todos aquellos soldados que huyan de su destino". Como hablaba por móvil no oí la respuesta, pero no tenía ganas de escuchar nada más. Así que me dirigí a la mesa, miré a la chica por última vez, y tiré de mis padres hasta que nos fuimos. Mientras tiritaba de miedo y lloraba, les conté lo que había sucedido. No necesité repetirlo, echaron a correr hasta el coche y entraron rápidamente. Cuando nos ibamos a poner en marcha, el camarero salió del bar y nos señaló. Empezó a correr hacia el coche, pero no estaba solo: el militar le seguía. Nos pusimos aún más nerviosos, pero no nuestra familia no es de las que se rinde tan rápido. Mi padre aceleró y en poco tiempo les perdimos de vista. Cuando ya estaba lo suficientemente calmado como para pensar con claridad, me empecé a preguntar cosas estúpidas, como que por qué nos habría señalado el camarero y no el militar. Entoces me di cuenta de que no nos perseguían por intentar escabullirnos de la guerra, sino porque no habíamos pagado. Lo malo era que tal vez, solo tal vez, el militar apuntó nuestra matrícula... y que se acordara de mi padre
Al igual que mi madre, no podía creérmelo. Intenté pensar que sólo era un mal sueño, una pesadilla de las que recordarías hasta el día de tu muerte. Recuerdo haber pensado mil veces que debía despertar, que debía volver al mundo real de una vez porque ese sueño no me gustaba para nada. Aún recuerdo mi brazo sangrando por los pellizcos que me di para despertarme. Pero, por desgracia, todo era real. Tan real como el padre que estaba a punto de perder. Marruecos a decidido invadir España. Y mi padre era militar. No es muy difícil averiguar lo que tendría que hacer. Al día siguiente viajaría hasta Granada, lugar en el que empezó la lucha, para acabar con todos los musulmanes que viera. De repente me puse a pensar que tal vez no esté todo perdido, todavía había posibilidades de que mi padre no fuera al campo de batalla... Una de las cosas de las que más me arrepiento es de haber tenido esa idea, la idea por la que pagaríamos los tres.
Salimos de casa muy pronto, sobre las cinco de la mañana. No pudimos hacerlo antes porque no habíamos preparado nada, todo nos pillaba de imprevisto. Nos metimos en el coche y no paramos hasta que se gastó la gasolina. Aprobechamos esa parada para comer un poco y para que mi padre, que era el que conducía, descansara. Entramos en el restaurante, estaba vacío, salvo por las personas que trabajaban en él. La comida era buena, pero algo me debió sentar mal porque vomité. Mientras esperabamos a que se me pasase, aparecieron un hombre, una mujer y la que suponí que era su hija. Se sentaron cerca de nosotros, justo enfrente de nuestra mesa. Empezamos a sudar de nervios y yo me revolví más de lo que estaba. El padre de la familia era un militar, y no paraba de mirar a mi padre, como si le conociera de algo pero no se acordara de que. En ese momento me percaté de la pequeña de la familia y me sorprendí de que no la hubiese prestado más atención antes. Era preciosa, tenía unos ojos más azules que el color del mar, unos labios tan rojos como la sangre y una piel tan fina y tan blanca... Era de mi edad, o por lo menos lo aparentaba. Me dieron ganas de preguntarla su nombre, acercarme y rodearla con mis brazos para después besarla hasta desgastar nuestros labios. Creo que ella también se fijó en mí, ya que cuando se dio cuenta de que la observaba, no solo no pareció molestarla, sino que me sonrió, lo que hizo quedarme aún más maravillado de lo que estaba. Me olvidé del militar, de la guerra, de huir con mis padres... en resumen: me olvidé de todas mis preocupaciones. Pero entoces algo sucedió...
El teléfono móvil del militar sonó. Después de dejarlo sonar unos segundos, lo cojió y se alejó lo suficiente para que no oyeramos su conversación. Antes era un chico muy curioso, así que no pude resistirme a levantarme y fingir que iba al baño para averiguar que estaba pasando. Antes de abrir la puerta oí unas palabras que me inmovilizaron: "maten a todos aquellos soldados que huyan de su destino". Como hablaba por móvil no oí la respuesta, pero no tenía ganas de escuchar nada más. Así que me dirigí a la mesa, miré a la chica por última vez, y tiré de mis padres hasta que nos fuimos. Mientras tiritaba de miedo y lloraba, les conté lo que había sucedido. No necesité repetirlo, echaron a correr hasta el coche y entraron rápidamente. Cuando nos ibamos a poner en marcha, el camarero salió del bar y nos señaló. Empezó a correr hacia el coche, pero no estaba solo: el militar le seguía. Nos pusimos aún más nerviosos, pero no nuestra familia no es de las que se rinde tan rápido. Mi padre aceleró y en poco tiempo les perdimos de vista. Cuando ya estaba lo suficientemente calmado como para pensar con claridad, me empecé a preguntar cosas estúpidas, como que por qué nos habría señalado el camarero y no el militar. Entoces me di cuenta de que no nos perseguían por intentar escabullirnos de la guerra, sino porque no habíamos pagado. Lo malo era que tal vez, solo tal vez, el militar apuntó nuestra matrícula... y que se acordara de mi padre
Prólogo.
Tras una llamada telefónica, mi mejor amigo, Víctor, me dijo que no debía preocuparme por nada, que todo saldría bien. ¿Cómo no iba a estar preocupado? Acababa de venir del hospital, mi abuelo estaba enfermo, tenía un tumor cerebral. Los médicos lo operaron dos veces, pero salió mal y no consiguieron extraerlo. Esta vez no se podía operar, había demasiadas posibilidades de que él muriera. Estaba destrozado, no podía contener mi dolor a ver a uno de los míos como se alejaba de mí para no volver jamás, no soportaba mirar hacia su camilla y ver todos esos tubos introducidos en su cuerpo como si fuesen una parte más de él. Por eso me despedí de Víctor rápidamente, no quería que me viera tan mal. Lo primero que hice para desaogar mis penas fue ducharme y llorar. No recuerdo haber llorado tanto nunca, salvo cuando al final, mi abuelo murió. No explicaré detalles, no diré lo triste que me pareció ver el cadaver frío e inerte en el tanatorio, simplemente porque recordarlo me produce demasiado dolor. Aunque hallan pasado años, todavía recuerdo los momentos en los que estaba con él. Recuerdo cuando apenas tenía cinco años, salimos juntos al parque y él me empujaba en el columpio mientras cantaba una pegadiza canción infantil para divertirme. Esos momentos en los que todo era maravilloso, en los que eras feliz pasara lo que pasase, en los que pensabas que la vida no tenía problemas y en los que ni siquiera se te ocurría pensar que todo podría cambiar de un día para otro, se acabaron.
Después de la muerte de mi abuelo todo cambió. Pero no de la forma en la que estais pensando, no empecé a ser un depresivo con ganas de morir, no me convertí en el dolor que sentía ni me derrumbe en ningún momento. Sino que pasó todo lo contrario. Me di cuenta de lo que significaba la gente para mí y de que la vida es corta, así que decidí aprobecharla hasta el último minuto de mi vida. Lástima que los demás no pensaran como yo. Mi madre tenía una enfermedad crónica, lupus, justo la que mató a su padre. Así que mi madre no solo perdió a su padre, sino que también perdió a su suegro. De mi padre solo quiero deciros que él si ha cambiado, y no le culpo de ello, ya que perder a un padre tiene que ser muy duro. Dicen que cuando pierdes a tus padres es cuando realmente estás solo, y me lo creo. Como ya he dicho, no le culpo por llorarle cada momento del día, no le culpo por su profunda depresión, ya que el no ha elegido tenerla. Solo le puedo culpar de no intentar interrumpir su llanto, levantarse, y decirse a sí mismo que lo superará de la forma más madura posible. Mi padre es un buen hombre, pero éste tipo de cosas nunca ha sido su fuerte. Enfin, a lo que iba: yo cambié para bien, pero no de la forma en la que yo quería. Siempre te das cuenta de las cosas cuando ya se terminó. Pero aunque lo sepas, no puedes evitarlo...
Después de la muerte de mi abuelo todo cambió. Pero no de la forma en la que estais pensando, no empecé a ser un depresivo con ganas de morir, no me convertí en el dolor que sentía ni me derrumbe en ningún momento. Sino que pasó todo lo contrario. Me di cuenta de lo que significaba la gente para mí y de que la vida es corta, así que decidí aprobecharla hasta el último minuto de mi vida. Lástima que los demás no pensaran como yo. Mi madre tenía una enfermedad crónica, lupus, justo la que mató a su padre. Así que mi madre no solo perdió a su padre, sino que también perdió a su suegro. De mi padre solo quiero deciros que él si ha cambiado, y no le culpo de ello, ya que perder a un padre tiene que ser muy duro. Dicen que cuando pierdes a tus padres es cuando realmente estás solo, y me lo creo. Como ya he dicho, no le culpo por llorarle cada momento del día, no le culpo por su profunda depresión, ya que el no ha elegido tenerla. Solo le puedo culpar de no intentar interrumpir su llanto, levantarse, y decirse a sí mismo que lo superará de la forma más madura posible. Mi padre es un buen hombre, pero éste tipo de cosas nunca ha sido su fuerte. Enfin, a lo que iba: yo cambié para bien, pero no de la forma en la que yo quería. Siempre te das cuenta de las cosas cuando ya se terminó. Pero aunque lo sepas, no puedes evitarlo...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)