jueves, 20 de mayo de 2010

Capítulo 1

Cuando pasó todo esto solo tenía 13 años, y no me volvió a pasar nada importante en mucho tiempo. Y por supuesto, nada bueno para mí. Creo que era junio, o julio... nose, pero era verano. Lo sé porque estaba en la piscina haciéndome aguadillas con mis amigos, corriendo de un lado al otro del patio y riéndo, ignorando la noticia que vino a decirme mi madre. Estaba incrédula, como si eso no hubiera podido estar pasándola a ella. Al ver su cara de preocupación salí rápidamente del agua y fuí corriendo hacia su lado. Antes de llegar pude distinguir en sus azules ojos lágrimas de furia, ¿serían contra mí? ¿Qué habrá podido pasar? Últimamente no hacía nada malo, es más, últimamente era el hijo perfecto. Limpiaba la casa, cocinaba y estudiaba, todo esto sin que ella me hubiera pedido ayuda en ningún momento. Bien, cuando porfin llegué, ella se lanzó instantáneamente hacia mí, me rodeo con sus brazos y empezó a llorar. No era un lloro normal, sino un lloro que la impedía respirar, de los que entiendes sin saber lo que sucede que digas lo que digas no lo frenará, un lloro, como yo lo llamaba entoces, marginado. Y por eso no la pregunté nada, preferí decir a mis amigos que se fueran un momento para poder hablar a solas. Cuando pasaron unos minutos y parecía más calmada me pareció el momento adecuado para preguntar...
Al igual que mi madre, no podía creérmelo. Intenté pensar que sólo era un mal sueño, una pesadilla de las que recordarías hasta el día de tu muerte. Recuerdo haber pensado mil veces que debía despertar, que debía volver al mundo real de una vez porque ese sueño no me gustaba para nada. Aún recuerdo mi brazo sangrando por los pellizcos que me di para despertarme. Pero, por desgracia, todo era real. Tan real como el padre que estaba a punto de perder. Marruecos a decidido invadir España. Y mi padre era militar. No es muy difícil averiguar lo que tendría que hacer. Al día siguiente viajaría hasta Granada, lugar en el que empezó la lucha, para acabar con todos los musulmanes que viera. De repente me puse a pensar que tal vez no esté todo perdido, todavía había posibilidades de que mi padre no fuera al campo de batalla... Una de las cosas de las que más me arrepiento es de haber tenido esa idea, la idea por la que pagaríamos los tres.
Salimos de casa muy pronto, sobre las cinco de la mañana. No pudimos hacerlo antes porque no habíamos preparado nada, todo nos pillaba de imprevisto. Nos metimos en el coche y no paramos hasta que se gastó la gasolina. Aprobechamos esa parada para comer un poco y para que mi padre, que era el que conducía, descansara. Entramos en el restaurante, estaba vacío, salvo por las personas que trabajaban en él. La comida era buena, pero algo me debió sentar mal porque vomité. Mientras esperabamos a que se me pasase, aparecieron un hombre, una mujer y la que suponí que era su hija. Se sentaron cerca de nosotros, justo enfrente de nuestra mesa. Empezamos a sudar de nervios y yo me revolví más de lo que estaba. El padre de la familia era un militar, y no paraba de mirar a mi padre, como si le conociera de algo pero no se acordara de que. En ese momento me percaté de la pequeña de la familia y me sorprendí de que no la hubiese prestado más atención antes. Era preciosa, tenía unos ojos más azules que el color del mar, unos labios tan rojos como la sangre y una piel tan fina y tan blanca... Era de mi edad, o por lo menos lo aparentaba. Me dieron ganas de preguntarla su nombre, acercarme y rodearla con mis brazos para después besarla hasta desgastar nuestros labios. Creo que ella también se fijó en mí, ya que cuando se dio cuenta de que la observaba, no solo no pareció molestarla, sino que me sonrió, lo que hizo quedarme aún más maravillado de lo que estaba. Me olvidé del militar, de la guerra, de huir con mis padres... en resumen: me olvidé de todas mis preocupaciones. Pero entoces algo sucedió...
El teléfono móvil del militar sonó. Después de dejarlo sonar unos segundos, lo cojió y se alejó lo suficiente para que no oyeramos su conversación. Antes era un chico muy curioso, así que no pude resistirme a levantarme y fingir que iba al baño para averiguar que estaba pasando. Antes de abrir la puerta oí unas palabras que me inmovilizaron: "maten a todos aquellos soldados que huyan de su destino". Como hablaba por móvil no oí la respuesta, pero no tenía ganas de escuchar nada más. Así que me dirigí a la mesa, miré a la chica por última vez, y tiré de mis padres hasta que nos fuimos. Mientras tiritaba de miedo y lloraba, les conté lo que había sucedido. No necesité repetirlo, echaron a correr hasta el coche y entraron rápidamente. Cuando nos ibamos a poner en marcha, el camarero salió del bar y nos señaló. Empezó a correr hacia el coche, pero no estaba solo: el militar le seguía. Nos pusimos aún más nerviosos, pero no nuestra familia no es de las que se rinde tan rápido. Mi padre aceleró y en poco tiempo les perdimos de vista. Cuando ya estaba lo suficientemente calmado como para pensar con claridad, me empecé a preguntar cosas estúpidas, como que por qué nos habría señalado el camarero y no el militar. Entoces me di cuenta de que no nos perseguían por intentar escabullirnos de la guerra, sino porque no habíamos pagado. Lo malo era que tal vez, solo tal vez, el militar apuntó nuestra matrícula... y que se acordara de mi padre

5 comentarios:

  1. Me gusta, lo as ecrito tu?
    pues si es asi en hora buena!
    sigue escribiendo!!! lo haces bien ;)

    ResponderEliminar
  2. jaja si en mis ratos libres x)
    muchas gracias x los animos! :D

    ResponderEliminar
  3. Que fuerte XDd les perseguian por hacer un SINPÁ XDd que bueno, es tragico, espero poder seguir leyendo ^^ Un besote y mucho ánimo!!

    ResponderEliminar
  4. guaaahh :O

    me a encantaoo =D


    sigue pronto!

    y... te sigo!

    ResponderEliminar
  5. Me gusta mucho, voy a leer el siguiente ;) sigue así.

    ResponderEliminar